Me despertaba y lo primero que miraba eran sus ojos
color café, pero no café común, eran un color que no había visto antes, un café
que te hacía querer sumergirte en él y empaparte de todo lo que escondían,
profundos, pero no inciertos, embriagantes, confusos, hermosos.
Era totalmente normal que las horas se pasaran volando mientras miraba esos ojos, era indescriptible la manera en que las horas se volvían agua entre los dedos, la comida solo un montón de paja en el desierto y la luz… no necesitaba más luz que la que me brindaba esa mirada perdida. Tan perdida como yo.
Amor es una palabra fuerte, pero yo necesitaba algo más fuerte para describir la sensación de vivir en esos ojos tan desconocidos. No era una obsesión, pero no me hubiese molestado que lo fuera. Tampoco era lujuria, pues ya no quería hacer nada más que estar acostado y observar los ojos. Tampoco era deseo carnal, pues mi cuerpo no se atrevía siquiera a tocarla por temor a estropear tal obra de arte. Tal vez era locura, de la más extraña que hayas conocido, no sé diagnosticarme, no soy yo el médico, pero sí sé que esos ojos están tan locos por mí como yo lo estoy por ellos.
No sé si es de día o de noche y tampoco sé si en aquel momento era primavera o invierno, había dejado de hablar mucho tiempo atrás, había dejado de encender la luz un poco de tiempo atrás y dejado de comer no sé desde cuándo. Pero si tú conocieras los ojos de los que te hablo, tampoco necesitarías ninguna de esas cosas tan humanas y corrientes. Solo con verlos serías capaz de sobrevivir, y es que ciertamente esos ojos son mi paz, mi felicidad, mi tristeza, mi desconcierto, mi alimento, mi amor, mi enojo, mis ganas de vivir, mi alma entera está consagrada a ellos.
Alguien derribó la puerta de mi habitación, y fue la primera vez que dejé de ver mi vida en esos ojos para ver lo que irrumpía este sagrado lecho de amor. Muchas personas que no sé reconocer entraron con mascarillas blancas en la cara, dejando al descubierto solo sus mundanos ojos, dolió ver otros ojos que no fueran los de mi vida, así que volteé de nuevo a ellos. Los extraños murmuraban palabras ininteligibles, estaban irrumpiendo mi paraíso, yo solo quería que se largaran.
“Amor perdóname”. Volteé a ver a los extraños y pregunté qué querían, juro que intenté comprender su respuesta pero todo lo que entendía fue: cadáver, sangre, manicomio. Me abracé con todas las fuerzas que me quedaban a mi hermosa vida, no iban a separar su mirada de la mía. Aún podía sentir su sangre seca contra mi rostro, por fin éramos uno y ellos querían separarnos.
No sé cuánto he pasado sin ver mi vida frente a mí, pero sí sé que tengo que ir a buscarla, y la única manera de hacerlo es tomando la rosa y acariciando mi cuello con ella de la misma manera que lo hice con mi hermosa de ojos café. Si los dos tenemos el mismo camino, tendremos el mismo destino.