domingo, 18 de noviembre de 2018

Cuadros de plástico



Dos niños, con sus trajes de colores pastel, él celeste y ella rosado. Forman un cuadro muy típico de revista ochentera mientras juegan con tronquitos, legos, o lo que su joven madre les haya brindado. Su madre, una mujer no mayor de treinta y cinco años, suele usar vestidos blancos con diferentes estampados. Es joven, hermosa y con la sonrisa más blanca que tus ojos hayan visto. El padre, un hombre joven, usa demasiadas camisas tipo polo para un guardarropa común, también muestra una sonrisa blanca, totalmente dedicada a su esposa. Todo esto mientras él sostiene un periódico y ella lava un sartén. Te lo dije, un cuadro muy ochentero, o puede que sea sesentero, incluso post-guerra. Sus vidas son plásticas, modeladas por la sociedad, felices. Pero nadie puede ver si son en realidad tan felices como lo muestra su sonrisa o si solo es eso, un cuadro.

Cuando la luz se apaga, los dos niños cambian sus trajes de colores pastel, por trajes de color negro, un cuadro muy típico de… de la nada, mientras juegan con nada, la nada que su joven madre les ha brindado. Su madre, una mujer sola, triste y frustrada, no mayor de treinta y cinco años, suele no llevar ropa, pues así puede sentirse un poco libre al menos. Es joven, depresiva y con una mirada que podría matar a cualquiera si se lo propusiera. Su padre, un hombre poco inteligente, abusivo y dictador. Él, en cambio, lleva demasiada ropa con la que intenta cubrir su verdadera personalidad, su mirada es fuerte, lo suficiente para dejar de gritar en momentos de desesperanza. Todo esto mientras él levanta la mano a su esposa y ella se alza en toda su longitud, levanta la mirada de la manera más retadora que encuentra y llora, pero de cólera e impotencia. Te lo dije, un cuadro de la nada. O incluso de todo. Un cuadro de todo. Nadie puede ver si son en realidad tan infelices como lo muestra su mirada o si solo es eso, un cuadro.

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