Dos niños, con sus trajes de colores pastel, él
celeste y ella rosado. Forman un cuadro muy típico de revista ochentera
mientras juegan con tronquitos, legos, o lo que su joven madre les haya
brindado. Su madre, una mujer no mayor de treinta y cinco años, suele usar
vestidos blancos con diferentes estampados. Es joven, hermosa y con la sonrisa
más blanca que tus ojos hayan visto. El padre, un hombre joven, usa demasiadas
camisas tipo polo para un guardarropa común, también muestra una sonrisa
blanca, totalmente dedicada a su esposa. Todo esto mientras él sostiene un
periódico y ella lava un sartén. Te lo dije, un cuadro muy ochentero, o puede
que sea sesentero, incluso post-guerra. Sus vidas son plásticas, modeladas por
la sociedad, felices. Pero nadie puede ver si son en realidad tan felices como
lo muestra su sonrisa o si solo es eso, un cuadro.
Cuando la luz se apaga, los dos niños cambian sus
trajes de colores pastel, por trajes de color negro, un cuadro muy típico de…
de la nada, mientras juegan con nada, la nada que su joven madre les ha
brindado. Su madre, una mujer sola, triste y frustrada, no mayor de treinta y
cinco años, suele no llevar ropa, pues así puede sentirse un poco libre al
menos. Es joven, depresiva y con una mirada que podría matar a cualquiera si se
lo propusiera. Su padre, un hombre poco inteligente, abusivo y dictador. Él, en
cambio, lleva demasiada ropa con la que intenta cubrir su verdadera
personalidad, su mirada es fuerte, lo suficiente para dejar de gritar en
momentos de desesperanza. Todo esto mientras él levanta la mano a su esposa y
ella se alza en toda su longitud, levanta la mirada de la manera más retadora
que encuentra y llora, pero de cólera e impotencia. Te lo dije, un cuadro de la
nada. O incluso de todo. Un cuadro de todo. Nadie puede ver si son en realidad
tan infelices como lo muestra su mirada o si solo es eso, un cuadro.
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