La muerte puede ser asombrosa, solo debes estar listo para cuando venga. Tengo veinte años y estoy más que listo. Y no, no soy muy joven para morir. Crecí bajo aquel lema de los rockeros “vive rápido, muere joven”. Me gusta tanto porque los chicos que vivían bajo él eran geniales, iban a fiestas, bebían alcohol, consumían drogas, tenían sexo y algunos ¡hasta tenían una banda! Pues yo… no soy nada como ellos, ya no tengo amigos, no voy a fiestas a menos que éstas sean en línea, no consumo drogas, soy virgen, no toco ningún instrumento y la única vez que bebí alcohol fue a los quince en la boda de mi hermana mayor, Sarah. Ella se casó a los veintidós años con Martín, un chico que ojala hubiese tenido la misma cantidad de dinero que de neuronas, me molestó porque ella vivía bajo mi mismo lema, aunque a diferencia mía, ella sí que lo honraba. Sarah casi muere de una sobredosis a los diecinueve años, pero en vez de morir, Sarah se casó. Al final del día cada quien elige diferentes maneras de matarse.
De cualquier manera, tengo listos tres métodos para matarme. Mejor llamémosle “darle fin a mi vida”, suena más bonito. El método uno, son las navajas, el plan es pasar la más filosa por mi cuello y morir, ya sea por el dolor o ahogado con mi propia sangre. Eso me recuerda al tío Oscar que murió borracho y ahogado con su propio vómito, al menos mi método es más limpio.
El método dos es, tomar muchas pastillas, este método tiene un alto riesgo de no funcionar y me gusta porque si a último momento me arrepiento, puedo tomar las pastillas igual para no quedar como un gallina, y con la mejor de las suertes, alguien me encontrará y me llevará al hospital donde recibiré un lavado de estómago, dos semanas internado para que no lo vuelva a intentar y luego ¡libre como el viento! Aunque alguna vez leí que si cometes intento de suicidio y este no funciona, pueden meterte preso, ¿es eso cierto? En realidad espero que no, porque ir preso sería el mayor de mis fracasos.
El método tres es colgarme y morir ahorcado, ya tengo mi silla y mi cuerda, es la misma que usaba para jugar cuando era un niño. Siempre me gustó jugar con ella, pues podía ser lo que sea que pudiera imaginar. Una cuerda puede ser una cola de caballo, una serpiente e incluso… ¡cuerdas! Una vez casi muero por una de ellas. Cuando tenía ocho o nueve años, estaba jugando al vaquero, tenía hasta un sombrero imagínense. Entonces venía el villano hacia mí, en su caballo negro y le lancé la cuerda para poder atraparlo, en realidad no sé cómo lo hice pero terminé con ella alrededor de mi cuello. Sentía que el aire ya no llegaba a mi cerebro, me estaba muriendo, grité como pude y por suerte llegó mi papá quien la cortó y me liberó. Él dijo más tarde que la cuerda ni siquiera estaba apretada, que solo había sido mi mente jugándome feo. En realidad espero que si no consigo manera de colgar la cuerda del techo, pueda solo ponerla alrededor de mi cuello y que mi mente haga su trabajo, ojalá esta vez sí me mate pues mi lema a los ocho años no tenía tanto sentido como lo tiene a los veinte.
Esto me recuerda a que mi papá siempre se aparece en los momentos menos indicados. Verás, soy virgen por su culpa. A los diecisiete, todos mis amigos tenían novia, iban de fiesta y llegaban muy tarde a sus casas, excepto yo.
Estudiando mi comportamiento, me pude dar cuenta que era porque no tenía novia. Así que lo decidí, necesitaba una. El ciclo escolar empezó y dediqué un par de meses a observar a las chicas de mi salón, las más lindas eran Crista y Laura, intenté acercarme a Crista pero era lesbiana, intenté con Laura y luego de un mes de darle regalos y poemas, me di cuenta que estaba saliendo con David. Todas las buenas chicas estaban apartadas y yo estaba desesperado. Decidí mirar entre las no muy agraciadas, y entre todas, la única soltera fue Kathy. Kathy era… amable. Empecé a hablar con ella y en realidad era agradable, aunque hablaba mucho. La invité a salir y ella aceptó. El día de la cita tenía planeado llevarla al cine, antes de salir, quise pedirle dinero a mi papá y no estaba, busqué a mamá y me hizo lavar los trastes por veinte quetzales. ¿Qué iba a hacer yo con veinte quetzales? Fui a casa de Kathy y le dije que nuestra cita sería en mi casa. Compré poporopos, Coca-cola y obviamente… condones. Llegamos a mi casa y poco a poco, las cosas se fueron poniendo intensas, un vestido talla XL estaba en el piso junto con mi camiseta y mis pantalones. Una chica grande estaba debajo de mí y yo me preocupaba por cómo haría para insertar mi pene en algo perdido bajo esa blanca panza. Cuando al fin estaba listo, entró… mi papá gritando que para qué lo estaba buscando. Fin de mi vida sexual.
En fin, creo que después de todo este tiempo, el método indicado para ponerle fin a mi vida, es colgarme con la cuerda. El techo de mi habitación es cielo falso así que si quito una de las planchas de duroport, puedo colgar la cuerda de una de las vigas. Solo tengo que lanzarla como si fuera a atrapar al villano del caballo negro, amarrarla, hacer el nudo, subirme a la silla, poner la cuerda alrededor de mi cuello y saltar de la silla. Una vez vi en un vídeo que cuando ahorcaron de la misma manera a un chico, se le cayó la cabeza. Imagínense que eso me sucediera… sería muy genial en realidad, tal vez traumatizante para quien entre a mi cuarto, pero genial.
Todo está listo ahora. Cuerda al cuello. De pie sobre la silla. Puerta entreabierta.
Mi maestra decía que antes de hacer algo, hay que respirar profundamente. Las lágrimas nunca te dejan respirar así, cuando lloras siempre te llenas de mocos en la nariz y eso impide las respiraciones profundas, es muy molesto.
Tengo veinte años.
No tengo más años por cumplir.
Tenía una hermana y ella tenía un esposo.
Lo de las pastillas no funcionó.
Tenía una mamá que tejía suéteres.
La cuerda es mi última oportunidad.
Espero que sirva para que vengan a rescatarme.
Mi papá siempre aparecía en los “momentos menos indicados”.
Supongo que este no es un “momento menos indicado”.
De cualquier manera, tengo listos tres métodos para matarme. Mejor llamémosle “darle fin a mi vida”, suena más bonito. El método uno, son las navajas, el plan es pasar la más filosa por mi cuello y morir, ya sea por el dolor o ahogado con mi propia sangre. Eso me recuerda al tío Oscar que murió borracho y ahogado con su propio vómito, al menos mi método es más limpio.
El método dos es, tomar muchas pastillas, este método tiene un alto riesgo de no funcionar y me gusta porque si a último momento me arrepiento, puedo tomar las pastillas igual para no quedar como un gallina, y con la mejor de las suertes, alguien me encontrará y me llevará al hospital donde recibiré un lavado de estómago, dos semanas internado para que no lo vuelva a intentar y luego ¡libre como el viento! Aunque alguna vez leí que si cometes intento de suicidio y este no funciona, pueden meterte preso, ¿es eso cierto? En realidad espero que no, porque ir preso sería el mayor de mis fracasos.
El método tres es colgarme y morir ahorcado, ya tengo mi silla y mi cuerda, es la misma que usaba para jugar cuando era un niño. Siempre me gustó jugar con ella, pues podía ser lo que sea que pudiera imaginar. Una cuerda puede ser una cola de caballo, una serpiente e incluso… ¡cuerdas! Una vez casi muero por una de ellas. Cuando tenía ocho o nueve años, estaba jugando al vaquero, tenía hasta un sombrero imagínense. Entonces venía el villano hacia mí, en su caballo negro y le lancé la cuerda para poder atraparlo, en realidad no sé cómo lo hice pero terminé con ella alrededor de mi cuello. Sentía que el aire ya no llegaba a mi cerebro, me estaba muriendo, grité como pude y por suerte llegó mi papá quien la cortó y me liberó. Él dijo más tarde que la cuerda ni siquiera estaba apretada, que solo había sido mi mente jugándome feo. En realidad espero que si no consigo manera de colgar la cuerda del techo, pueda solo ponerla alrededor de mi cuello y que mi mente haga su trabajo, ojalá esta vez sí me mate pues mi lema a los ocho años no tenía tanto sentido como lo tiene a los veinte.
Esto me recuerda a que mi papá siempre se aparece en los momentos menos indicados. Verás, soy virgen por su culpa. A los diecisiete, todos mis amigos tenían novia, iban de fiesta y llegaban muy tarde a sus casas, excepto yo.
Estudiando mi comportamiento, me pude dar cuenta que era porque no tenía novia. Así que lo decidí, necesitaba una. El ciclo escolar empezó y dediqué un par de meses a observar a las chicas de mi salón, las más lindas eran Crista y Laura, intenté acercarme a Crista pero era lesbiana, intenté con Laura y luego de un mes de darle regalos y poemas, me di cuenta que estaba saliendo con David. Todas las buenas chicas estaban apartadas y yo estaba desesperado. Decidí mirar entre las no muy agraciadas, y entre todas, la única soltera fue Kathy. Kathy era… amable. Empecé a hablar con ella y en realidad era agradable, aunque hablaba mucho. La invité a salir y ella aceptó. El día de la cita tenía planeado llevarla al cine, antes de salir, quise pedirle dinero a mi papá y no estaba, busqué a mamá y me hizo lavar los trastes por veinte quetzales. ¿Qué iba a hacer yo con veinte quetzales? Fui a casa de Kathy y le dije que nuestra cita sería en mi casa. Compré poporopos, Coca-cola y obviamente… condones. Llegamos a mi casa y poco a poco, las cosas se fueron poniendo intensas, un vestido talla XL estaba en el piso junto con mi camiseta y mis pantalones. Una chica grande estaba debajo de mí y yo me preocupaba por cómo haría para insertar mi pene en algo perdido bajo esa blanca panza. Cuando al fin estaba listo, entró… mi papá gritando que para qué lo estaba buscando. Fin de mi vida sexual.
En fin, creo que después de todo este tiempo, el método indicado para ponerle fin a mi vida, es colgarme con la cuerda. El techo de mi habitación es cielo falso así que si quito una de las planchas de duroport, puedo colgar la cuerda de una de las vigas. Solo tengo que lanzarla como si fuera a atrapar al villano del caballo negro, amarrarla, hacer el nudo, subirme a la silla, poner la cuerda alrededor de mi cuello y saltar de la silla. Una vez vi en un vídeo que cuando ahorcaron de la misma manera a un chico, se le cayó la cabeza. Imagínense que eso me sucediera… sería muy genial en realidad, tal vez traumatizante para quien entre a mi cuarto, pero genial.
Todo está listo ahora. Cuerda al cuello. De pie sobre la silla. Puerta entreabierta.
Mi maestra decía que antes de hacer algo, hay que respirar profundamente. Las lágrimas nunca te dejan respirar así, cuando lloras siempre te llenas de mocos en la nariz y eso impide las respiraciones profundas, es muy molesto.
Tengo veinte años.
No tengo más años por cumplir.
Tenía una hermana y ella tenía un esposo.
Lo de las pastillas no funcionó.
Tenía una mamá que tejía suéteres.
La cuerda es mi última oportunidad.
Espero que sirva para que vengan a rescatarme.
Mi papá siempre aparecía en los “momentos menos indicados”.
Supongo que este no es un “momento menos indicado”.
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